Este lunes 21 de Julio, en el marco de la misa de por la Exaltación del Santuario Expiatorio del Señor de Esquipulitas, se vivió un momento profundamente emotivo protagonizado por el Padre Maganda. A pesar de atravesar una difícil situación personal debido al delicado estado de salud de su madre, el sacerdote cumplió una promesa especial hecha a un niño.

La historia comenzó semanas atrás, cuando el niño quebró por accidente a su “bebé Diosito”, una imagen del Niño Jesús que él consideraba más que una figura religiosa: era su amigo. Lo llevaba a todos lados, le hablaba, lo acompañaba y conversaba con Él con gran naturalidad. Al romperse la imagen, su mamá reaccionó con enojo, sin darse cuenta del profundo dolor que también estaba sintiendo su hijo.

Triste y desconcertado, el niño le pidió a su mamá que hablara con el Padre Maganda para contarle lo sucedido y decirle que su mamá lo había regañado. En su inocencia, él creía que el padre iba a “regañar” a su mamá por haberle gritado, y también confiaba en que él podría consolarlo. Pero sobre todo, le preocupaba algo muy profundo: que, sin su Niño Dios, su amigo ya no lo pudiera escuchar. Era un miedo sincero y lleno de fe, porque para él, Diosito no era una imagen… era una relación cercana y viva que había empezado desde el día que él mismo pidió que le compraran un Niño Dios.

Días después, durante una procesión, del día 5 de Julio ocurrió el encuentro providencial. En medio del recorrido solemne, el comenzó a gritar con insistencia: “¡Padre Maganda! ¡Padre Maganda!” interrumpiendo la procesión. Sin enojo, sin molestia alguna, el padre se detuvo y regresó, reconociéndolo de inmediato: era el niño del que le habían hablado, el que había quebrado su Niño Dios. Con ternura y paciencia, interrumpió su caminar y se dirigió hacia él para escucharlo y decirle que lo buscara déspues de la misa. En ese momento, le prometió que durante la misa de exaltación le regalaría un nuevo “bebé Diosito”.

Y hoy, fiel a su palabra y con el rostro marcado por la tristeza por la salud de su madre, el padre Maganda cumplió su promesa. En una misa llena de fe, emoción y comunidad, le entregó al niño un nuevo «bebé Diosito», haciendo realidad una promesa que fue mucho más que un regalo material: fue un acto de ternura, consuelo, fidelidad y amor pastoral.

Este gesto, sencillo pero inmenso, nos recuerda que el verdadero pastor no abandona a sus ovejas, incluso cuando él mismo está cansado, triste o preocupado. Que el amor de un guía espiritual se manifiesta no solo en los grandes sermones, sino en las pequeñas acciones que dan vida al Evangelio.

“El buen pastor da su vida por las ovejas.”
Juan 10,11

La comunidad del Santuario Expiatorio del Señor de Esquipulitas seguimos unidos en oración por la salud de la madre de nuestro párroco, deseándole fortaleza a él y a toda su familia en estos tiempos difíciles. Que el Señor los acompañe con su paz, esperanza y misericordia.

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